lunes, 9 de febrero de 2015

LA LIBERTAD POSIBLE. Autor: Leonardo Polo - 3ª PARTE



Libertad y vivencia de libertad

           Haría esta observación: no es exactamente lo mismo la vivencia de la libertad, la experiencia o la conciencia de la libertad, si se prefere, que la libertad. Y se prueba porque puede haber una vivencia muy intensa de la libertad, que se corresponde de hecho con una libertad mínima; y también al revés: que puede existir un sentimiento de la libertad, o una experiencia, o un querer-ser-libre muy reducido, que en combio corresponde con una libertad real - con un ser libre realmente -, extraordinariamente intensa.
           El primer caso es muy claro. Voy a poner un ejemplo que se entiende fácilmente: una niña frívola - este análisis es de Max Scheler - es una niña, una Señorita, una hija de familia que no tiene ninguna responsabilidad, que puede hacer lo que le dé la gana, que tiene dinero; un ser tan extraordinariamente desligado de la realidad, al que le importa tan absolutamente poco su conexión con el mundo físico, al que solamente interesan sus caprichos, y que cree que es absolutamente libre, que puede hacer en cualquier caso lo que le dé la gana, y además no pasa nada: esta reacción es muy importante. Hay quien cree que es absolutamente libre porque estádesligado, que ser libre consiste precisamente en no tener ninguna conexión con nada, ser dueño de sí mismo en el sentido de no estar condicionado, en el sentido de no estar interesado más que por lo que uno haga, por lo que se le ocurra.
           Pues bien, este sentimiento eufórico y por tanto completamente seguro que tiene la niña frívola de que es libre, es un sentimiento absolutamente engañoso. Eso es la forma de libertad más pobre que existe: porque la sensación de libertad que resulta de la falta de una motivación profunda en el proceso de operar, denota la falta de libertad de la voluntad y su constreñimiento causal. Decir que uno es libre porque opera a base de impulsos y no a base de obligaciones, a base de vinculaciones, es la manera más tonta de engañarse.
           Lo que quiero decir es que reducir la libertad a la vivencia de la libertad, que querer recalcar la libertad a condición de que exista una experiencia o una sensación completa de ser libre, es sencillamente caer en la frivolidad. Solamente se puede tener esta sensación cuando uno no sabe por qué actua, y cuando uno no sabe por qué actúa, hay que sospechar que actua por algo distinto de su libertad. Por eso, la famosa sensación de no tener que actuar por nada resulta una superficialidad total, y revela que lo que actua en el fondo son las limitaciones que proceden de que la libertad está encarnada, o las modas, es decir, el hecho de que la libertad esté situada.
           En rigor, la persona que actúa así no puede, además, dominar de ninguna manera las concupiscencias, porque si está intentando buscar la libertad por este lado, sólo la está buscando para reirse, con lo que incurre en una radical paralización de la libertad en sí misma. Porque al vivir la libertad no respecto a su creador, resultará que la libertad quedará aplastada por el carácter limitado de la libertad del cosmos físico.
           De manera que hay que tener mucho cuidado con la vivencia de la libertad, porque se da la posibilidad de que, cuanto más eufórico es uno en su vivencia de la libertad, más probable es quedarse al aire, ser muy poco libre. Se podría establecer una proporción inversa: la vivencia de la libertad y la realidad de la libertad son inversamente proporcionales.

La libertad positiva

           Otra observación se podría hacer al respecto, también tomada de Max Scheler: es una completa equivocación entender la libertad de un modo negativo, como indeterminación. Evidentemente, la idea de indeterminación es una idea negativa. En cambio, el concepto de libertad tiene que ser positivo. Pues bien: si alguien hubiese resuelto hacer siempre lo mismo en condiciones idénticas, y si esta resolución fuese renovada en cada caso, entonces no cabría hablar de ninguna manera de indeterminación. Más aún, podríamos estar completamente seguros - en la misma medida en que fuese intensa tal determinación - de como va a actuar el sujeto. Podríamos dudar, en la medida en que la resolución de actuar siempre de acuerdo con una ley, y de hacer lo mismo en condiciones idénticas, no fuese lo suficientemente firme, o pudiésemos sospechar que alguna vez se debilitará; pero en la medida en que esa resolución es firme y es radicalmente renovable, en esa medida podríamos decir que el operar de tal sujeto es perfectamente previsible. Al tiempo habría que decir que cuanto más resuelto estuviese, y cuanto más renovase la resolución, más libertad habría. Dicho de otro modo: una conducta es tanto más previsible, cuanto más libre; lo cual quiere decir que una conducta es tanto más libre cuanta más fe se pueda tener en que no se va a desviar por situaciones externas o por motivaciones cualesquiera. Esa es la fuerza que tiene la interpretación de Max Scheler.
           Resulta entonces que como Max Scheler examina la libertad, hay una indeterminación interna que hace indeterminable a la gente por condiciones externas. Y paralelamente, una conducta humana es imprevisible en la medida en que es caprichosa, y si es caprichosa quiere decir que esa conducta está determinada desde fuera de ella misma. Con lo cual llegaríamos a una conclusión: que la libertad es efectivamente una capacidad de autodeterminación. No es indeterminación, sino que es la ausencia o el estar por encima de las determinaciones externas. Pero sólo se puede llegar a estar por encima de las indeterminaciones externas si efectivamente hay algo inconmovible en la conducta. Y ese carácter inconmovible tiene que dárselo la conducta a sí misma precisamente a partir de esa culminación como la libertad puede crecer. Porque el hecho de que sea la culminación de lo psicofísico, no quiere decir que se límite a esa culminación psicofísica, porque esa culminación sería estática. Quiere decir que entonces es cuando se abre la libertad: la libertad se abre a partir de lo psicofísico como su culminación, y a partir de ahípuede crecer, hasta el punto de que, cuando va creciendo, puede volverse sobre lo psicofísico.
           Por tanto, que la libertad esté encarnada significa dos cosas: por una parte que en los niveles inferiores no habrá libertad; pero la libertad es el ápice, lo que completa la constitución, por tanto la libertad es lo personal en el hombre. Pero no es un ápice estático, sino que se puede desplegar. Y al ser susceptible de un crecimiento, entonces puede tener un carácter reflexivo y puede volver sobre la constitución psico-física: por eso hay un dominio del hombre sobre su cuerpo y sobre su psique, desde la libertad.
           Por ejemplo, en la ascética cristiana se ve claro que la libertad vuelve sobre su cuerpo, hasta el punto de que el fenomeno de la levitación, que es una de las maneras de evadirse de las leyes de la gravedad, tiene incluso sentido como un fenómeno espiritual radicado en la misma constitución psico-biológica. La levitación es un fenómeno perfectamente controlable, del que además existen casos bastante abundantes en nuestro siglo, y por ahí se ve que la libertad puede crecer de maneta insospechada.

La libertad situada

           Veamos ahora otra cuestión: la libertad situada. Esto requiere una enorme cantidad de explicaciones que no voy a desarrollar, referentes a todos los problemas políticos de la libertad, que no afectan a la libertad del individuo, sino al hombre como humanidad. Sobre esto han circulado muchas ideologías marxistas, liberales, anarquistas, etc., y la doctrina social de la Iglesia.
           Desde el punto de vista antropológico, a una libertad situada se la suele llamar Mitwelt (Welt, mundo; mit, con). La libertad en el plano de la Mitwelt es mucho más plástica y además es una de las condiciones del ápice de la libertad, considerado en el orden psicobiológico. No es cierto que la Mitwelt sea una determinación externa, porque la Mitwelt es asumida, asumida en corporación absolutamente interna. Es perfectamente claro que en la acción humana los factores externos sociales están incorporados desde dentro: por esto no es una Umwelt la sociedad, no es un mundo circundante como pueda serlo el mundo físico, sino que es un ser-con. En este ser-con, este "con" no es simplemente un agregado, un añadido, sino lo que uno hace, lo que emana de un individuo, lo que un individuo provoca, lo que inventa, lo que decide, y lo que un individuo hace puede ser perfectamente asumido por otro, y asumido desde él, no desde el otro. Esto - cualquiera que sepa psicología diferencial lo verá perfectamente claro -, esto ocurre también en la infancia: un niño no se hace desde su propio desarrollo somático o nervioso, se hace desde la Mitwelt que es la familia. Y por eso las crisis de la Mitwelt son crisis nerviosas en definitiva, de patología nerviosa, de psicopatología. Pero luego ocurre que, a partir de la Mitwelt, tiene lo que los psicólogos llaman la Eigenwelt, que es el mundo propio, el mundo interior. La interiorización de la Mitwelt abre paso a la Eigenwelt. Y allí, ya los modos de finitud anteriores son superables en un crecimiento.

La libertad trascendental

           Pero aquí se adosa el tema de las concupiscencias. El mundo propio efectivamente es propio, y el hombre lo puede alcanzar a través de un desarrollo que incluso se podría tomar como natural: un crecimiento natural desde la Umwelt al ápice constitucional, del ápice constitucional a la interiorización de la Mitwelt situacional, social, y de allí a la constitución de la Eigenwelt, es decir, del mundo íntimo o del mundo propio. Pero lo que no se puede hacer con este proceso es evitar la concupiscencia, y entonces si uno quiere crecer, ¿como puede superar la concupiscencia? No hay más que una solución aquí, pero, claro, el que no es creyente no lo ve, y por lo tanto allí se acaba su libertad. Solamente el que tiene fe y se enfrenta con el tema de la concupiscencia puede superarla y orientarse hacia lo que podríamos llamar generosidad pura. La superación de la concupiscencia para un cristiano es la lucha por alcanzar - y esto sí que es una lucha - la liberación respecto de ese yo inerte que está incluido en mi misma intimidad, en mi misma Eigenwelt, hasta donde ha podido crecer naturalmente la libertad, pero que no se puede quitar de sí. Hay un proyecto de vida cristiana, inexcusable para los cristianos, que es la lucha contra la concupiscencia. O si se quiere, la constante rectificación de la intención, que nunca se termina de agotar.
           Es en el orden de la gracia como el tema de las concupiscencias puede ser afrontado, y en consecuencia puede crecer la libertad en el mismo ámbito de la Eigenwelt, de la intimidad.
           Y, por último, la cuestión de la creación. Esto plantea el tema de la libertad en su última sección.
           Si, efectivamente el hombre es capaz - para esto tiene que superar las concupiscencias, o al menos luchar contra ellas - de amar a Dios más que a sí, o, para expresarlo de una manera un poco más neutral: si el sentido de la vida del hombre es sin envidia, si el hombre está dispuesto a recibirlo con plena aceptación, que es libertad, entonces el hombre alcanza por fin a ser trascendentalmente libre. Entonces, con su libertad, el hombre no solamente se autoes, sino, que se trasciende a sí mismo.
           Volvamos a formular las cuestiones con que iniciamos este análisis. ¿El hombre es libre?,¿puede crecer - hasta donde alcanza a crecer - el hombre en su libertad? Al final, las dos cuestiones enfocadas afirmativamente coinciden en lo mismo: la libertad es, en último término, no ya la capacidad de autohacerse, sino de autotrascenderse. Y este autotrascenderse sólo es posible, cuando uno prefiere ser desde Dios, a ser desde sí. Ese preferir es parte radical en el fondo infinito de la libertad.



*** 3ª parte del texto que recoge una intervención de L. Polo en un coloquio organizado por alumnos de la Univ. de Navarra. La Persona Humana y su crecimiento. Pamplona: Eunsa, 1996.

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