Libertad finita
Vamos a ver ahora otra cuestión que tiene relación con la segunda pregunta. La primera pregunta, ¿somos libres o no somos libres? (prescindiendo ahora de las valoraciones que disminuyen la importancia de ser libre, o que condicionan la importancia de ser libre de una manera negativa), puede resolverse en otra, que sería esta: ¿cuánta libertad tenemos? Podemos plantearnos cuánta libertad tenemos y se puede llegar a una libertad más o menos grande, pero que en definitiva es finita. Es finita aunque puede crecer un poco o disminuir un poco. Pero lo que pasa es que tiene un límite previo, o que ese límite previo no lo puede superar: y entonces nuestra libertad es una libertad dada, y nada más. Este carácter limitado de la libertad quiere decir que nuestra libertad en definitiva no es susceptible de aumento, o que los aumentos de nuestra libertad son muy pequeños, y si llegamos a ese límite, ya no se puede superar, y, por tanto allí quedamos parados y ya no hay más libertad.
Eso se puede demostrar atendiendo a una serie de circunstancias, de datas, que tienen relación con nuestra manera de experimentarnos libres, y que al no ser naturalmente una experiencia de libertad, son coartaciones: lo que coarta nuestra libertad. Nuestra libertad está coartada, es finita, y lo es de un modo insuperable.
Que nuestra libertad sea finita de una manera insuperable se puede entender de varias maneras. En primer lugar, la primera modalidad de finitud de nuestra libertad es lo que podríamos llamar su limitación, nosotros somos libres pero lo somos de una manera limitada, porque estamos insertos en una realidad física que nos rodea. Esa realidad física es una limitación para nuestra libertad; porque no soy yo, es externo a la libertad. No podemos hacer magía con la realidad física, la realidad física no obedece a nuestra libertad directamente, sino que es un límite para ella. Podemos ser libres hasta cierto punto, pero en cuanto nos ponemos en conexión con el mundo físico lo encontramos como un factor limitante de nuestra libertad.
Pero no acaba aquí la finitud de nuestra libertad. En segundo lugar, nuestra libertad es una libertad encarnada, es decir, además de estar colocados en un mundo físico que nos rodea, resulta que nuestra libertad es la de un ser que no en todas sus dimensiones obedece a la libertad. No se trata ya de que si yo quiero ser libre respecto a la ley de la gravedad, eso no tiene sentido, sino que dentro de mí, dentro de la constitución mía como ente, en el ente que soy, en la realidad que soy, hay muchos aspectos, hay muchas dimensiones que no son libres. Uno puede sospechar que muchísimas cosas de las que hace no obedecen a su libertad, sino que obedecen a un impulso de otro tipo.
Otras limitaciones
Pero además, hay una tercera consideración respecto de la finitud de nuestra libertad: nuestra libertad es siempre una libertad situada. Y eso quiere decir que nuestra libertad de hecho tiene que tener en cuenta a los demás. No solamente estamos en un mundo que tiene sus propias leyes, respecto de las cuales nuestra libertad está coartada (estas leyes no obedecen a la libertad); y no sólo ocurre que normalmente tenemos una constitución psicofísica que en gran parte tampoco obedece a la libertad; además de esto, desde que nacemos estamos insertos en un medio social y de él nos vienen una serie de determinaciones que no podemos saltar: eso es lo que podríamos llamar la situación de nuestra libertad. Nuestra libertad es una libertad finita, no solamente porque está limitada por el mundo físico, no sólo porque está encarnada, es decir, porque tiene que ver con una constitución psicobiológica, sino también porque está situada, es decir, porque inevitablemente tiene que contar con los demás, y los demás no es que coaccionen (esto también puede ocurrir), pero fundamentalmente lo que ocurre es que los demás no me dejan pasar. Además no solamente esto: muchas de las veces que uno se cree que opera en plena autoconciencia, en plena posesión de los motivos, en realidad estos vienen dados desde fuera. No hay más que acudir, por ejemplo, al fenómeno de la publicidad, o al fenómeno social: compro una cosa libremente, ¿o ha sido porque de una manera más bien inconsciente me ha influido un anuncio de la televisión?
Pero para el cristiano no son solamente estos los modos de la finitud de la libertad, sino que hay más. En primer lugar nuestra libertad es una libertad caída. El pecado tiene que ver con nuestra libertad de una manera muy estricta y perfectamente definida. La manera como se manifiesta la libertad en su finitud en la forma de caída es - y esto es ya un tema muy clásico que recoge San Agustín y luego lo emplea exageradamente Martín Lutero - el tema clásico de las concupiscencias. Estas concupiscencias no son en este sentido las pasiones: las pasiones tenían que ver más bien con que nuestra libertad es una libertad encarnada. La concupiscencia se nota fundamentalmente en lo que podríamos llamar el orden de motivaciones, la imposibilidad de estar seguro de que uno obra con rectitud de intención completa: la habrá incluso en los actos en que uno cree que es más libre, porque es más libre para el bien. En los actos en que uno cree ser más generoso, en los que uno intenta - no cree, sino intenta - ser más generoso, ¿no habrá un fondo erróneo según el cual, en último término uno estará buscándose a sí mismo? Nuestra libertad, ¿es capacidad de autotrascendencia tal, que, cuando actuamos libremente no actuamos en función de algo que ya no es libre y que está en las mismas entrañas de la libertad? No algo externo, como pueden ser los factores psicofísicos o los sociales o los del mundo natural: no algo que está en el mismo dispararse de la libertad. Cuando nuestra libertad se dispara, ¿se dispara de una manera enteramente libre, o hay un punto fijo que es un punto al que la libertad está sujeta? Hay un egoísmo radical según el cual estamos absolutamente incapacitados de hacer un acto completamente bueno, libremente bueno, porque nuestros actos en algún momento tienen un factor que los liga a un interés subjetivo, y que es la marca: libertad caída. Y como los motivos de la concupiscencia no son nada claros, y son los motivos respecto de los cuales uno no puede actuar libremente, por eso son una modalidad de la finitud de la libertad, pero dentro de la libertad misma.
Por último se puede decir que nuestra libertad es finita porque es creada. Y en este sentido depende de un principio radical, que no le es originariamente propio, que es Dios.
Recapitulación
Hemos tratado el aspecto negativo de la cuestión. Tras ver las actitudes frente a la libertad hemos señalado su radical finitud. Finitud que le viene del mundo físico, de nuestra misma constitución psicobiológica, del hecho de que está situada, y por último, dentro de una visión cristiana, de ese deterioro interior que es la concupiscencia, y, por último, por ser creada, de su dependencia de un ser que la ha hecho, y que, por tanto, la trascenderá también.
Hemos visto las cosas desde el punto de vista más pesimista; hemos intentado acumular todas las dificultades que el tema de la libertad abarca. Ahora hace falta darle la vuelta a la cuestión, es decir, darnos cuenta de cómo el hombre es libre, de cómo estas dificultades respecto de la libertad y respecto de su progreso pueden ser asumidas en una comprensión más profunda. Porque todas estas vivencias, o todas estas experiencias que se refieren a la finitud o que se refieren al ser o no ser de nuestra libertad, en el fondo son vivencias, muchas de ellas innegables, pero que no alcanzan el fondo de la cuestión. Y por esto, lo que hay que decir ahora es que el asunto de la libertad es una cuestión muy seria, extraordinariamente importante, radical: es un tema de fondo, y solamente alcanzaremos a ver la libertad en el sentido de un progreso hacia ella, si somos capaces de advertir que el tema de la libertad está más allá de todas estas cuestiones.
Hay unos versos de Rilke que dicen esto: el animal libre siempre ha sobrepasado su fin, va hacia Dios, y cuando camina, lo hace hacia la eternidad, como mana una fuente. Creo que es el poeta metafísico más grande que existe. Pues bien, yo diría esto: todas esas vivencias a las que me refería al principio - la aspiración, la del miedo, la desesperación, la de la tristeza, etc. -, todas esas vivencias son muy contingenciales; es decir, están despertadas o están motivadas por una serie de factores que, de una manera directa, no arrancan de la consideración de la libertad misma, sino que arrancan de cierto modo o de cierto intento, o de ciertas maneras según las cuales uno quiere ser libre.
Esto es lo que hay que ver: si es que el hombre puede ser libre de cualquier manera, o sólo hay ciertos modos de ser libre, y en definitiva uno sólo, del que los demás son inversiones más o menos intensas. Porque cuando uno intenta abordar el tema de la libertad de una manera caprichosa o de una manera cualquiera, no tiene nada de extraño que se encuentre con una visión de la libertad que, o es una versión negativa, una versión triste, una versión desesperante, una versión cargante, o incluso que se llegue a decir - pues no hay más que determinación, juego de factores - que uno no es más que una especie de marioneta.
** 2ª parte del texto que recoge una intervención de L. Polo en un coloquio organizado por alumnos de la Univ. de Navarra. La Persona Humana y su crecimiento. Pamplona: Eunsa, 1996.

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